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03 julio 2010

En la calle de los suspiros

Sin embargo, no me quedé una noche más y desperdicié una buena excusa. Quizá, pensándolo mejor, gané una buena excusa para volver. Y volveré.
Sin frentes marchitas a la vieja calle de los suspiros, donde algún eco dijo: tuya es esta vida. Pero el viajero que huye tarde o temprano detiene y retoma su andar y con el alma aferrada a ese dulce recuerdo te busca y te nombra.
Será aquél empedrado o serán aquellos faroles los que nos vieron pasear.

05 octubre 2009

El nene carretero

Me contaron una historia muy buena. Hay un boliche o pulpería de esas que el tiempo se empeña en avejentar que la llaman “El nene carretero” o como se dice en los pueblos, o por lo menos en los que frecuento, “el boliche del nene carretero”. Nadie sabe responder en todo Rufino por qué se llama así, o por qué a este señor le dicen, en primer lugar “nene” siendo que cuenta unos cuantos años, unos cuantos años más que su boliche, y por qué le dicen “carretero”.
La primera explicación a la que arribo es que le dicen “nene” porque en algún momento de su vida lo fue y ese apodo quedó en la conciencia de todo Rufino. Y para explicar el sufijo “carretero”, debí acercarme con imaginación y fantasía a una posible explicación lógica. Carretero de carretera. La palabra carretera resuena más en las traducciones mexicanas de películas norteamericanas que en el sur santafesino. Imagino un nene que frecuentaba las carreteras en busca de aventuras, las cuales eran de público conocimiento en el pueblo.
La segunda imagen es un nene con una carreta. Quién sabe qué haría ese nene con la carreta en un pueblo donde ni la más ardua crisis provoca la existencia de cartoneros o chatarreros. Pero la posibilidad de que a este señor, dueño de este aromático tugurio, lo llamen “el nene carretero” por portar una carreta existe. Debo confesar que entre las dos opciones en que me ofrecí creer, elijo la de la carretera.
Rufino linda con dos rutas nacionales importante. Está ubicado en el cruce de “las 40”. Así llaman a este cruce porque en él se atraviesan la 33 y la 7. Atentos, no todas las cosas, en Rufino, adquieren sus nombres de maneras encriptadas. No estaría muy errado al afirmar que lo llaman “carretero” por tanta ruta alrededor.
Pero el boliche del “nene carretero” es un lugar feo, me dicen. Aunque algo agradable debe tener y fui a conocerlo. Pensé que me hablaban de un barsucho ubicado entre las calles España y San Martín, ahí en Rufino, llamado “Snack Green” o “el esnagri” como logran pronunciarlo, con muchas dificultades, algunos parroquianos. Curioso “el esnagri”, porque sobre la antigua puerta de madera, ahora de color celeste feo, un cartel pasado en años y lluvias y vientos dice que el recinto cuenta con canchas de paddle y squash. Por más imaginación que uno tenga esas canchas no las verá ni logrará imaginarlas. Un lugar con tan poco aspecto a “paddle” nunca puede continuar albergando jugadores de paddle. Resumidamente, “el esnagri” es un lugar viejo, con poco encanto en el cual no más de 15 sillas rodean a 4 mesas ubicadas estratégicamente mirando al televisor sobre las cuales no más de 5 buenos tipos se sientan a tomar un vermout.
El nene carretero es el punto interesante. Lo busqué por toda la ciudad y nada, creía en mi poder detectivesco y suerte, pero no lo pude hallar. “Haga dos cuadras, a la derecha unas cinco y a la derecha una cuadra y media más, ahí lo va a encontrar”, así me dijeron y la verdad no lo encontré. O no encontré lo que esperaba. Eso no podía ser un boliche o pulpería, esa era una casa vieja con una parrilla en el fondo y un cartel que decía: “Lechón $25, Asado $5” Precio que correspondían al valor que el dueño del lugar cobraba para asar. Un lechón 25 pesos, un kilo de asado 5 pesos.
Son las 7 de la tarde de un sábado de junio muy frío sobre una calle de ripio con cordón cuneta y estoy parado frente al mismísimo boliche del nene carretero. Quiero volver al hotel y mirar televisión. Pero entro y a tomar un Gancia por que me dijeron que los hacía rico y eran baratos. Aunque si recuerdo mejor lo único bueno que tienen sus Gancias, es que son baratos. Lo de ricos es una cuestión demasiado subjetiva.
Nadie imaginaría que el nene carretero tiene detrás de la barra, o ese espacio parecido a la barra de un bar, una parrilla. Una donde se asan los asados de terceros a cinco pesos el kilo. El nene carretero, un señor flaco de unos 60 años con bigote mal cortado y piel arruinada por las brasas y el sol, te ofrece hospitalidad y algo para tomar. Un Gancia con limón y mejor no probar otra cosa. Mientras espero que me preparen mi trago, miro a mí alrededor y me encuentro solo. Solo porque el único cristiano que comparte conmigo el bar, además del nene carretero, está dormido en una silla con la cabeza sostenida por su mentón en el pecho y un vaso índice de su embriagues.
Mientras que el Gancia se servía en el vaso, todo bien. El problema fue cuando ingresó el limón, no sólo que fue cortado vaya uno a saber cuándo, sino que para lograr que esos gajos se conviertan en jugo y las semillas no caigan en mi copa, el nene carretero los exprime dentro de su mano y los dedos funcionarían como un colador. De esa manera, rodeando, recorriendo y atravesando los dedos del “barman” el jugo de limón llega al vaso y se acrecientan mis deseos de no beber eso y estar en el hotel mirando televisión.
Pero el nene fue muy caritativo y me recibió cordialmente, no creo en aquello de sentirse como en casa, pero en verdad no me sentí incómodo ni observado, como me suele suceder cuando recorro pueblos, sino más bien como en esas ocasiones que uno asiste a la casa de algún pariente lejano, que no conoce tíos ni primos a los cuales quizá no vuelva a ver, que sabe que está en familia pero no es la suya, que sabe que tiene libertad de irse cuando se le antoje pero no lo hace por la hospitalidad recibida Así me sentía, incómodo, sabiendo que puedo salir rajando sin explicación mediante, siendo conciente de que quizá no vuelva a ver nunca más al nene carretero, pero sin embargo me quedo.
Me quedo y sonriente “el nene carretero” me entrega el Gancia, “¿usted no es de acá, no es cierto?, me pregunta este buen hombre, “no, soy de Alcorta y vengo de unos parientes a un cumpleaños sorpresa” le digo mientras notaba que lo que le decía ya no le interesaba porque acaba de llegar alguien a hacerle un pedido de asado. Antes le pago los 3 pesos del Gancia, era barato. Se sabe que los buenos asadores, que hacen del asar un medio de subsistencia, no cuidan sus manos demasiado porque al otro día otra vez estarán sometidas a las brazas y la grasa del asado. Sometidas también a exprimir limones.
Me tomo el Gancia, casi por completo y el segundo misterio se resuelve, además de barato no estaba nada mal. Al fin y al cabo era sólo un Gancia con limón y no hay mucho margen de error como para hacer un Gancia que no sea rico. La cuestión está en si a uno le gusta o no el Gancia. Pero, pensándolo mejor la cuestión no está en si a uno le gusta el Gancia, si le gusta con limón, o si “el nene carretero” lo hace rico o no. Lo imprescindible es saber que en Rufino un tipo te cocina un lechón por sólo 25 pesos.

17 agosto 2009

20 almas

Quizá valga la pena escucharlo recitar su vida sin que se lo pidan. Yo tengo mucha memoria, muy buena memoria, cuando tenía 12 años me fui de mi casa porque con mi madre no me llevaba bien, pedí permiso a mi padre y partí a hacer mi vida, solo. Yo tengo muy buena memoria. Juan Serré puede recitar lo que se le antoje, ni hace falta pedir que lo haga. Hasta casi se convierte en insoportable pero quizá valga la pena escucharlo un rato.
En 1951, cuando tenía 12 años abandonó su casa en Junín para emplearse como peón en una estancia en las cercanías de la ciudad. ¿Qué vas a hacer con tus estudios?, preguntó su padre, y Juan Serré con algo de seguridad le confesaría: “vas a ser el primero que se entere cuando haya hecho algo con eso”. Años después contaría que a lomo de caballo obtuvo tres títulos, mientras era peón en la estancia y compartía el cuarto con las hijas del patrón.
Juan Pereda y Morante, alcalde de la Villa del Rosario, tenía en sus manos y a su disposición tierras desde el río Carcarañá hasta el arroyo del Medio. Miles de hectáreas o miles de cuadras como se medían las tierras en el siglo XVIII, estaban cedidas por el Virrey de España a Morante. Cerca de los arroyos del Medio y el Pavón se hacía paso el camino Real que unía Buenos Aires con el Alto Perú y a la vera de éste, la esposa de Morante, Antonia del Pozo fundó en 1779 un oratorio, el Oratorio Morante.
Sería este oratorio un lugar de descanso y oración para los ejércitos nacionales. Dado que está muy cerca del camino Real, se estima que San Martín y sus granaderos camino a San Lorenzo, y Belgrano en otro momento, han pasado por allí. En 1840 cuando Juan Lavalle junto con sus tropas se dirigían a la derrota en Sauce Grande pararon a descansar en Morante. Pero hubo sangre derramada sobre ese suelo. En 1843 se enfrentaron los soldados comandados por el Coronel Arnold con los derrotados aborígenes, y en 1861 Mitre y Urquiza se cruzaron para librar la batalla de Pavón, siendo Mitre el triunfador.
Serré vive en Oratorio Morante y entre su nacimiento en Junín y su estadía en Morante, está su vida. Este señor canoso de setenta años que pasa las tardes sin la voluntad de ordenar ni limpiar su casa, estudió, a lomo de caballo, unos meses periodismo y abandonó, estudió locución y se recibió de martillero. A mediados de la década del 60, por casualidad y con sorpresa obtuvo un empleo en una empresa llamada Oxigena que trabajaba con oxigeno líquido que vaya uno a saber qué cosas hacían. Allí dejó la estancia pero no sus costumbres.
En la Unión Sovietica en 1939 el matrimonio Semyon Davidovich Kirlian y Valentina Kirlian inventa la cámara Kirlian. Ésta permite observar variaciones de presión, contacto a tierra, conductividad y humedad. Los creyentes creen que el halo de luz que se proyecta sobre los cuerpos fotografiados responde a la energía vital o aura. Juan Domingo Perón era dueño de una de estas cámaras a finales de la década del 40. Lo cierto es que esa cámara produce imágenes algo extrañas.
En esa casa desorganizada y poco prolija, en un lugar poco usual ya que ni su dueño, Juan Serré, sabe bien dónde está, existe una foto de Juan Domingo Perón de finales de la década del 40. Perón junto a una mujer desnuda y otros dirigentes caminan por una calle. Cuenta la historia de esa fotografía que al General Perón le gustaban demasiado las mujeres.
La dama de la fotografía está cubierta con un vestido y un conjunto de ropa interior de nylon que Perón le había obsequiado y que él mismo le había pedido que luciera en el día que tomaron la fotografía. Técnicamente afirman los conocedores que las imágenes tomadas por las cámaras Kirlian no se aprecia el nylon. Serré cuenta que esa foto llegó a él por manos de mismísimo fotógrafo, el mismo que le pidió confidencialidad y le recomendó cuidado al mostrarla.
Balas de cañones, puntas de lanzas, bayonetas y lazos. Los aborígenes combatían, defendían sus tierras. Las tropas realistas combatían y conquistaban tierras. El sur de Santa Fe tiene un pasado bélico que difícil es de esconder. El fuerte Sancti Spíritu, en Melincué, fue construido para frenar el avance de los ranqueles al mando del cacique Melín, el Oratorio Morante fue el escenario donde el Coronel Arnold, que muchos años después tendría el honor de grabar su nombre en un pueblo vecino, se enfrentó con los aborígenes, masacrándolos y conquistando sus tierras.
Balas de cañones, puntas de lanzas, bayonetas y lazos, todo eso guarda Juan en su casa-museo. Como si fuese una invitación en los vidrios de la única ventana a la calle de tierra, escrito con pintura blanca dice: Museo. ¿Querés saber cómo llegué acá? Sencillo, vivía en San Nicolás y venía seguido a la fiesta de la Virgen de los Remedios, todos los 8 de septiembre, así Juan devela el misterio de cómo se llega a vivir en un paraje con 20 personas, sin comercios y con la capillas más antigua que conocí y sin ni cura.
Trabajando en Oxigena, Juan Serré recorrió parte del país. 9 de Julio, General Pico, Cipoletti, Mar del Plata, Junín y otros lugares. Su última parada fue San Nicolás. Allí se casó, tuvo un hijo y es escapó. Harto de los drogadictos y de la violencia me vine a vivir en paz, esto fue en 1999. Se mudó, dejó todo y edificó su casita, su casa-museo.
A pocos metros de la capilla del Oratorio está el cementerio. Cruces de hierro forjado, sin nombres entre tapiales de no más de un metro y medio y entre yuyos quemados por el invierno descansan, quizá, los muertos de las guerras. Una treintena de cruces, algunas más elaboradas, otras humildes y desvencijadas. Ni una lápida, ni un nombre, ni una pista. ¿Muertos de 1840, de 1843, de 1861…? En aquellos años la muerte era algo más tempranera e inexplicable, se moría de tifus, fiebres, cólera. La escasez o la falta de higiene era uno de los principales motivos por los cuales terminar en una fosa comunitaria.
Mirá, ese lavatorio que está ahí, me dice Juan, tiene más de cien años. Remachado, porque hace más de cien años no existía la soldadora. Una palangana junto con un jarro de losa acomodados perfectamente en una estructura de hierro blanco opaco es lo más parecido que vi a esos utencillos que les acercaban a los enfermos en las películas ambientadas en 1850. ¿Quién está en ese cementerio? Nadie, no hay cuerpos. Hace unos años vinieron unos ingenieros con esas máquinas para buscar huesos y no encontraron ni un cuerpo. Los muertos por las guerras, por el tifus, por el cólera o por una pelea, terminaban en una fosa común, que debe estar ubicada más cerca del camino Real, pero acá, en este cementerio, no hay ni uno.
¿Periodista?, yo tuve un programa de radio durante muchos años cuando vivía en San Nicolás, me fue bien, me llamaban de todo lados. Muchas historias juntas, pero escucho.
¿Qué dice ese cartel?, me pregunta.
Pulpería, contesto.
No!, abajo…
Cuando los santos vienen marchando, leo.
Mjam, así se llamaba mi programa, pero lo dejé porque decía las cosas que no debía decir. Yo recito y muy bien, tengo muy buena memoria. Un cartel enorme que ocupa todo el ancho del comedor, de chapa y escrito con letras de pulpero. Sólo en esta casa puede verse cosa tan grosera.
Y ahora, una foto que no desentona en la casa, tiene su momento histórico. Fue en Rosario, en la Rural, unos 25 años atrás. Entre paisanos se conocen y el señor Serré estaba entre ellos. Parece que el organizador del desfile de caballo se quedó corto y Serré estaba vestido para la ocasión y a caballo. Suba a la pista no más. Y allí recitó y la gente lo aplaudió de pie. Por lo menos eso es lo que me hace creer.
¿Te conté que actué en una película? Se llama Flop y el director fue Eduardo Mignogna, tengo como quince videos de mis actuaciones en diferentes lugares. Me buscaron por como recito y por mi buena memoria, porque yo tengo muy buena memoria.
Cada rincón de la casa guarda historia, hasta el polvo que descansa en los intersticios de los cachivaches ha de tener memoria. Una foto de Perón junto a una mujer desnuda, otra con un ingeniero que vivió más de 120 años y ni mirándolo a los ojos uno puede saber qué edad tiene, una punta de lanza con más de una muerte, muerte con más de un siglo, un bayoneta alemana de 1865, un cartel enorme que invita a una pulpería, una jaula repleta de jilgueros mansos y una cáscara de nuez en el piso que piso y destruyo, una cáscara de nuez, según dicen es muy buena para la memoria.
Oratorio Morante hasta hace tres meses tenía 21 habitantes. Algo muy extraño debe sentir quien conozca los nombres de todos los habitantes de su pueblo. Pero esa debe ser la esencia de los lugares de paso, esos lugares en los que sólo se está de paso hace amigos a los seres más desconocidos. Hace tres meses murió Don Luís y hoy, en Oratorio Morante, son 20 almas, o Juan y las otras 19 que ya contarán su historia.

06 julio 2009

Los perros chilenos

Una vez comí perro frito. Cierto relato de Martín Caparrós sobre su frustrado deseo de comer perro en China, me recordó que corrí con la misma suerte que él al pedir perro en un restorán. Claro que no fue en Argentina, aquí los perros no son esos animales que ladran. Fue en Chile en 2000, en Santiago de Chile lugar donde para comer en los restoranes ofrecen perro frito.

Una calle peatonal, cuyo nombre no recuerdo y nunca supe, ofrece una buena cantidad de restoranes en unos locales ubicados como galerías a un piso de altura. Son galerías con techos de lona en las cuales los mozos, o unos señores que se paran en las puertas, invitan a comer en su boliche.

Se camina por una callejuela que, de un costado y metros más abajo ofrece como vista a esta peatonal que no recuerdo y por el otro estos señores que, insoportablemente, invitan a comer. El procedimiento es sencillo y como dije, molesto. Los mozos se paran casi delante del paso y con una mano ocupada por carta señalan la puerta de su comedor. Con el otro brazo interrumpen nuestro paso. No dejamos de escuchar al primer mozo que el segundo, de otro boliche, ya está encima de nosotros de la misma insoportable manera invitándonos a comer.

Harto uno de tanta invitación sede a la tentación de salir rajando. Pero comienzo a preguntarme si no será que estoy frente a un acto gastronómico de características tradicionales. ¿Será esta clase de invitación parte de un proceso gourmet digno de aprovechar? Frente a mi estaba la posibilidad única de intrometerme en la cultura gastronómica chilena. Día digno de recordar en reuniones familiares. Sin embargo no me agradan para nada los colores con que adornar los restoranes, los carteles de las promociones son horribles y las mesas están servidas con muy poca delicadeza.

Todo feo. Pero algo raro sucedió, uno de estos mozos invitadores y molestos no era tan molesto ni tan invitador. Sólo me ofreció su plato del día, sin cruzarse ni insistirme demasiado. Era un hombre mayor, casi calvo y un poco gordo. Será porque estaba cansando de trabajar en ese lugar o porque con los años aprendió que a los posibles clientes no hay que molestarlos tanto ni atacar su intimidad como lo hacían los anteriores. Algo de turista se notaba en mí, probablemente por estar en ese lugar. Los ciudadanos chilenos, salvo algunas excepciones, no deambulan por esos centros alimenticios ni ponen cara de “a ver qué como”. Aquellos que conocen los lugares se sientan y listo. El turista mira, analiza, se hace el que elige y se sienta justo en el lugar que menos miró, escasamente analizó y, luego de estar ubicado dispuesto a pedir la carta, nunca elegiría.

Por lo tanto este mozo me vio cara de extranjero y me invitó a comer perro frito. Por supuesto, acepté. Entiendo que mi pedido, “perro frito”, responde más a una actitud payasesca que a una decisión seria y madura. Pero estaba en Chile, solo y con dinero de sobra como para comer en otro lugar ya que estaba dispuesto a dejar en el plato cualquier cosa que tenga una consistencia parecida a lo que imagino es la carne de perro. Ni idea tenía de lo que podría llegar a ser “perro frito”.

Mientras espero mi perro miro una estatua viviente horriblemente poco profesional. Las estatuas no se rascan, ésta si. El mozo llega con una bandeja y una ollita con tapa. El primer pensamiento que se me cruzó respondía al tiempo. Cuánto se tarda en Chile para freir un perro. El segundo, en las ollas vienen cosas hervidas, las cosas fritas no vienen en ollas. Algo andaba mal. O el perro era hervido cosa aún más horrible y asquerosa o lo que yo imaginaba que era perro no lo era y lo que imaginaba que era frito es hervido.

La presencia de tenedores, cuchillos y cucharas en la mesa me despistaba. La ausencia de cualquiera de estos utensilios me hubiese dado alguna pista. Le pido al mozo que me cobre antes de que se marche, no gustaría que, cuando supuestamente hubiese terminado de comer y se acerque para traerme la cuenta, me pregunte por qué no comí un solo pedazo de su perro frito.

Destapo la olla y en ese momento sentí un alivio parecido al que sintió Caparrós cuando la camarera volvió con la noticia de que perros se habían terminado. El famoso perro frito era una sopa con trozos cuadrados de panes que flotaban. Una sopa común de verduras con panes comunes de harina.

Me comí los panes, me tomé la Coca Cola y me fui dejando la sopa en su lugar. La sopa, por aquellos años, no me gustaba para nada. Hubiese preferido que me traigan un perro frito.